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Debajo de todo.

No sé por dónde comenzar, pero esta incertidumbre está acabando conmigo. Necesito que alguien me ayude. Espero me permitas desahogarme; tal vez así pueda aclarar mi mente, o tal vez tú puedas ayudarme. De verdad no sé qué hacer.

Soy una persona normal… bueno, casi. Nací en una familia acomodada, nunca me ha faltado nada. Mis padres siempre me demostraron todo el amor que tenían por mí. Estudié en una universidad que, aunque no es la mejor del país, sí es de las más reconocidas, y gracias a los contactos que hice pude empezar un negocio que ha dado frutos rápidamente. Tengo que ser honesto: mis padres y los padres de mis socios nos han ayudado bastante. En algún momento les regresaremos todo el dinero con el que nos han apoyado, y honestamente creo que ese día está muy cerca, ya que el modelo de negocio que creamos ha llamado la atención de inversionistas muy importantes.

Podríamos decir que accidentalmente me he vuelto una figura pública. Algunas entrevistas que nos hicieron se viralizaron, y por mi apariencia he llamado la atención de la gente. Ya sabes: mis redes sociales han llegado a muchas personas y recibo mensajes de todo tipo, más que nada por mi físico. Todo el tiempo. Y aunque nunca me han presionado con ser el orgullo de la familia, yo quiero serlo. Y aunque todo esto que te menciono podría marcar un camino definido para lograrlo, este secreto no me permite realizarme como persona.

Las relaciones no son para mí. Y no me malentiendas: he salido con chicas muy guapas, algunas de buena familia y otras que, para muchos, entran en el estándar de mujer ideal. Pero nunca he podido intimar con alguna de ellas. Soy heterosexual y estoy sano, el problema no es ese. El problema es que, en la intimidad, no tengo la confianza para mostrarme tal cual soy. Ni siquiera permito el contacto físico más allá de un ligero abrazo. Siento que, si permito algo más profundo, puedan descubrir mi secreto.

Desde chico sentía que algo me faltaba. Me sentía inseguro cada vez que tenía que hacer algo en público. Las clases de educación física eran horribles: el hecho de que me vieran corriendo, moviéndome o tratando de pegarle a un balón me aterraba. Exponer en clases era lo mismo. Jugar en el parque con niños que no conocía era inconcebible para mí.

Un día, mi madre me pidió ayudarle a lavar la ropa. Bajé con la canasta a la lavadora y, al ir poniendo prenda por prenda dentro del aparato, un olor llamó mucho mi atención. Era uno de sus brasieres el que olía así. Lo observé un momento y lo olí más profundamente. No sé qué fue... tal vez el recuerdo al olor de la leche materna, o simplemente su olor intenso. Esto despertó algo en mí, y decidí guardarlo y llevarlo a mi cuarto. Ahí seguí observándolo y decidí ponérmelo, primero sobre la ropa. Al verme al espejo me dio un poco de risa. Después lo puse por debajo de la playera que traía en ese momento. Como hacía un pequeño bulto por el exceso de tela —que de ninguna manera podría llenar con mi propio cuerpo— decidí ponerme una chamarra encima. De verdad, algo cambió en ese momento.

De ser ese niño asustadizo e inseguro, empecé a tener más confianza en mí cada vez que me lo ponía. Un día que tuve que exponer en clase y me lo puse por debajo del uniforme, al pararme frente a todo mi grupo, una voz retumbó en mi cabeza que me decía: Ellos nunca sabrán mi secreto. Tengo algo que ellos no... Las palabras fluyeron, y toda la información que tenía en mi cabeza salió. El maestro pidió que me hicieran preguntas y, una a una, las fui respondiendo. No sé si bien o mal, pero la seguridad de mis palabras no dejaba lugar a debate.

Y así siguió el tiempo. No creas que esto me pasaba con cualquier prenda íntima de mujer. Esto me sucedía solo con las prendas de mi madre. No podía sustraerlas todas porque se daría cuenta, así que, cada cierto tiempo, alguna prenda se perdía. Lo mismo hice con todos sus interiores: medias, pantaletas, calcetines, tangas, brasieres, etc. Las usaba siempre en momentos importantes, y poco a poco las usé diariamente. Poco a poco fui dependiendo cada vez más de ellas. Algunas personas usan alcohol o drogas para sentirse mejor; yo usaba la ropa interior de mi madre.

El primer problema que tuve con esto fue en la preparatoria. Empecé a salir con una chica hermosa. Me gustaba mucho, y nos la pasábamos muy bien juntos. Un día, tras un abrazo prolongado, ella empezó a deslizar sus manos por mi espalda y, de pronto, escuché: “¿Qué es esto?” Ella había sentido uno de los tirantes del brasier. No supe qué responder, solo atiné a decirle que era parte de una faja que usaba por un problema en la espalda. Ella se lo creyó, pero nunca pude permitir que se me acercara de nuevo. Eso obviamente la alejó poco a poco. Conoció a otras personas e hizo su vida por su lado.

Más adelante, mis amigos me invitaron a acampar al bosque. Acepté porque era algo nuevo para mí y quería vivir esa experiencia. Además, al ser en un bosque, la ropa no sería un problema... o eso creía. Pero, ¿cuál fue mi sorpresa? Cerca del lugar al que fuimos había un pequeño lago. Nos acercamos a verlo y todos insistieron en que nos metiéramos. Yo, por supuesto, no pude aceptar. Ante la insistencia grupal, un ataque de ansiedad me invadió. De verdad me puse muy mal, y a partir de ahí todo ese grupo se alejó de mí. A veces escuchaba que hablaban de mí, se burlaban, pero mi desempeño académico me hizo ser protegido de algunos de los maestros. Por suerte, la universidad estaba muy cerca y pude alejarme de todos los que ahora hablaban de mí.

En la universidad siempre fui muy claro con el contacto físico, y en general mis compañeros respetaban eso de mí. Mi desempeño académico, de nuevo, me ayudó a hacerme de un lugar y llamar la atención de otras jóvenes promesas como yo. Gracias a eso llegaron las oportunidades que te mencioné al principio, y antes de terminar la carrera ya estábamos generando el suficiente dinero para no depender de nuestros padres.

Un año antes de terminar la escuela, mis ahora socios y yo juntamos a nuestros padres. El pretexto era contarles nuestros planes a mediano plazo. Yo tomé la palabra y convencí a cada uno de apoyar nuestro proyecto. Uno a uno se fue convenciendo y aportando ideas, contactos, y uno de ellos hasta nos propuso presentarnos con potenciales clientes que más tarde aceptaron nuestra propuesta. Gracias a esa noche, tanto mis socios como yo aseguramos nuestros planes y parte de nuestra vida.

Y aunque puedas creer que este es mi gran problema, es solo la punta del iceberg. El gran problema es que hace unos meses falleció mi madre. Yo guardé toda su ropa interior, y la he usado constantemente, pero ese aroma se está extinguiendo poco a poco... y con él, mi seguridad. He probado usar ropa de amigas sin que se den cuenta, pero no hacen ningún efecto en mí. Tengo una vida muy prometedora, pero cada meta veo que se aleja cada vez más. Estoy reviviendo esos miedos: a que me vean correr, a hablar en público... y lo peor es que la fuente de mi seguridad se ha ido. Ese olor es irremplazable. A diferencia de mí, que durante toda mi vida fui viendo cómo me reemplazaban cada que este miedo aparecía... y ahora, esto ha afectado tanto, que mi parte en la sociedad podría ser reemplazada.
¿Y si mañana ya no me atrevo a salir de casa?






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