El faro compartía su luz con propios y extraños. Siempre a tiempo, siempre dispuesto.
La gente no dudaba en acercarse a él: descansaban, tomaban algo de su calma, dejaban sus problemas allí… y seguían su camino sin siquiera mirar atrás.
Con el tiempo, el faro comenzó a desgastarse. Su estructura se agrietó, su luz perdió fuerza. Nadie le dio mantenimiento, nadie lo cuidó.
Y el día que se apagó, muchos lo olvidaron.
Los más crueles, incluso, le reprocharon haber dejado de brillar, de compartir su luz, de ayudarlos.
Pero nadie le tendió una mano.
Barcos perdidos y necesitados habrá siempre, buscando una luz que los guíe.
Pero faros… solo uno por puerto.
Y cuando ese faro se apaga, muchos quedan a la deriva.

Comentarios
Publicar un comentario