Hace unos días, al levantarme, hice lo que por mala costumbre hacemos muchos: tomé mi celular y me puse a scrollear, ya sabes, revisar notificaciones, ver qué subió la gente en estas horas, y revisar lo que el algoritmo quiera mostrarme. Después de unos cuantos memes de ese humor tan cancelable que me gusta tanto, me apareció una foto de alguien durmiendo. Parecía una foto vieja, pero muy bien tomada; era un cuarto desordenado con un tipo al que no se le veía la cara, recostado boca abajo, una pierna fuera de la cobija, un brazo extendido y el otro abajo de la almohada. No sé mucho de fotografía, pero mi experiencia consumiendo contenido me hizo verla de una manera un poco analítica, pero debo confesar que, aunque no era uno de esos memes o videos cortos que me hacen reír, me sentí igual de atraído por esa imagen, como si fuera algo familiar o ya la hubiera visto antes. Seguí scrolleando y continué con mi día con normalidad. Al día siguiente recuerdo que retomé la misma rutina: despert...
El faro compartía su luz con propios y extraños. Siempre a tiempo, siempre dispuesto. La gente no dudaba en acercarse a él: descansaban, tomaban algo de su calma, dejaban sus problemas allí… y seguían su camino sin siquiera mirar atrás. Con el tiempo, el faro comenzó a desgastarse. Su estructura se agrietó, su luz perdió fuerza. Nadie le dio mantenimiento, nadie lo cuidó. Y el día que se apagó, muchos lo olvidaron. Los más crueles, incluso, le reprocharon haber dejado de brillar, de compartir su luz, de ayudarlos. Pero nadie le tendió una mano. Barcos perdidos y necesitados habrá siempre, buscando una luz que los guíe. Pero faros… solo uno por puerto. Y cuando ese faro se apaga, muchos quedan a la deriva.